TOMADO DEL NUEVO HERALD

Los cubanos atrapados en la isla, el daño colateral de los ataques acústicos

BERNADETTE PARDO

06 de octubre de 2017 3:44 PM


Una de las tiras cómicas más famosas, obra del caricaturista cubano Antonio Prohías, es Spy vs. Spy (Espía contra Espía). En esta, dos espías siniestros, uno vestido de negro y otro de blanco, batallan constantemente en una parodia de la Guerra Fría. Cincuenta años después estamos en las mismas, pero no hay mucho que nos haga reír porque las consecuencias de este mano a mano entre espías son trágicas.

El pasado martes la administración del presidente Trump exigió la expulsión de al menos la mitad del personal en la embajada cubana en Washington. El Departamento de Estado estadounidense también anunció la retirada del 60 por ciento de los diplomáticos destacados en La Habana. Todo esto es el resultado de una misteriosa trama que ni siquiera Prohías podría imaginar.

El año pasado agentes de inteligencia en la embajada norteamericana en La Habana comenzaron a quejarse de “ataques acústicos” que aparentemente afectaron su salud. Los ataques escalaron después de la elección de Trump. Inicialmente, el Departamento de Estado se refirió a estos como “incidentes”. Solo la semana pasada los calificó como ataques y confirmó que al menos 21 diplomáticos norteamericanos fueron afectados. Algunos han sufrido daños cerebrales y hasta sordera permanente. Hasta ahora el Departamento de Estado no ha acusado a Cuba directamente de perpetrar estos ataques y, según el Secretario de estado Rex Tillerson, la decisión de retirar el personal de la embajada se tomó “debido al fracaso de Cuba de dar los pasos necesarios para proteger a nuestros diplomáticos de acuerdo con sus obligaciones contempladas en la convención de Viena”.

 Los diplomáticos norteamericanos y un canadiense fueron las primeras víctimas de este insólito enigma. El daño colateral, como en todas las guerras, lo sufren los inocentes. En este caso son las miles de familias cubanas separadas que han quedado en un limbo migratorio tras el retiro de los funcionarios que procesan sus visas.

Uno los afectados es mi amigo y productor de radio Miguel Sánchez que lleva un año gestionando la visa de su esposa, que vive en Santa Clara. Estaba a punto de tener una cita en la embajada cuando ocurrió la debacle acústica. Según Miguel siempre pasa lo mismo, “los que pelean son los gobiernos y el que paga es el pueblo, las familias.”

No critico en absoluto la decisión del Departamento de Estado, en realidad no podía hacer otra cosa. Su reacción a estos ataques indefensibles ha sido bastante moderada. Cinco senadores federales, entre ellos el senador de la Florida Marco Rubio, le habían pedido a Tillerson el cierre de la embajada como represalia. El domingo pasado, el senador Rubio en una entrevista en Face the Nation (CBS) dijo que no tiene ninguna duda de que el gobierno cubano está detrás de estos ataques. Nadie que conozca la osadía y la crueldad de la cúpula comunista en Cuba considera que esto fue un accidente o una casualidad.

El gobierno cubano sigue negándolo todo, incluso que hubo ataques. El canciller Bruno Rodríguez, en un discurso condenando la decisión de Tillerson, se refirió a “la presunta ocurrencia de incidentes contra algunos funcionarios de esa sede diplomática”. Sin el menor rubor se desentendió del asunto sin siquiera pedir perdón u ofrecer compensación por los daños sufridos a estos dedicados diplomáticos.

Agentes del FBI y de la Policía Montada de Canadá han viajado a la isla en varias ocasiones para tratar de esclarecer el misterio, pero según reportes, “no han podido llegar a una conclusión razonable.”

En Cuba no ha ocurrido nada razonable en los últimos 60 años. El gobierno cubano no va a hacer nada por tratar de remediar lo ocurrido. Lo único razonable ahora sería que de alguna forma, ya sea en terceros países o por internet, el Departamento de Estado trate de seguir procesando la salida de miles de cubanos con familias en Estados Unidos atrapados como rehenes en punto cero.

TOMADO DE CUBANET

¿Qué son derechos?

Las diversas respuestas contrapuestas a esta pregunta son fuente de mucha controversia

Lunes, agosto 28, 2017 |  José Azel  | 

 

MIAMI, Estados Unidos. - Hace años publiqué un artículo destacando las principales tradiciones epistemológicas sobre el origen de los derechos humanos:

Los derechos son leyes políticas creadas por los gobiernos.
Los derechos son leyes morales y provienen de Dios.
Los derechos son leyes morales inherentes a la naturaleza humana.

Entonces destaqué que si los derechos humanos son una creación del intelecto humano es difícil argumentar que son universales y que los gobiernos están obligados a respetar los que ellos no aprueban. Por otra parte, si los derechos emanan de Dios, y existen independientemente de las leyes creadas por los hombres, no pueden ser establecidos o revocados por decreto gubernamental. Pero ningún origen divino puede argumentarse juiciosamente porque no existe evidencia de derechos que manifiestamente emanen de Dios. Concientes de esos asuntos, los pensadores de la Ilustración y los Padres Fundadores buscaron afianzar los derechos humanos en la naturaleza como cuestión de ley natural.

Aquí deseo regresar al tema planteando una pregunta más fundamental: ¿Qué son derechos? Las diversas respuestas contrapuestas a esta pregunta son fuente de mucha controversia ya que muchas cosas diferentes son reclamadas como derechos: derecho al voto, al trabajo, a huelga, a la vida, a escoger identidad sexual, a poseer armas, a ser dejado solo, e infinitamente más. Una definición práctica para comenzar es que los derechos son reglas que corresponden o se permiten a las personas. Los derechos son principios de libertad o privilegios. Exploremos.

Para los cientistas políticos el derecho a hacer algo, o un privilegio de alguna clase, es un derecho positivo. El derecho de no hacer nada es un derecho negativo. En Estados Unidos tenemos el derecho positivo de votar y el derecho negativo de no votar. En países como Australia, donde el voto es obligatorio, los ciudadanos tienen el derecho de votar, pero no tienen el derecho de no votar.

Otra controversia sobre derechos se basa en el derecho a la igualdad. Quienes creen en el libre mercado identifican la igualdad como el derecho a igualdad de oportunidades, reconociendo que la igualdad ante las reglas conducirá a resultados desiguales. Los socialistas identifican la igualdad con igualdad de resultados, argumentando que las personas tienen derecho a una distribución igualitaria de ingresos.

También otra disputa sobre derechos es si los derechos se poseen individual o colectivamente. ¿Hay cosas como derechos de grupos, donde los grupos son entidades diferentes con una voluntad y un poder de acción específicos que pueden sobrepasar derechos individuales? Cuando un sindicato negocia un nivel de pago que un miembro individual considera inaceptable, ¿qué derecho debe prevalecer, el del individuo o el del grupo?

Los derechos pueden también percibirse como libertad o como reclamos. Un derecho como libertad es simplemente la libertad de hacer algo sin que alguien imponga obligaciones, por ejemplo, el derecho a la libertad de expresión. En contraste, un derecho-reclamación impone una obligación a alguien de hacer algo en beneficio del reclamante. Si tengo el derecho de recibir beneficios de seguridad social de algún tipo, eso requiere que alguien contribuya con una porción de sus ingresos para pagar por mis beneficios.

Los libertarios consideran que los derechos son simples reclamos de libertad de acción sin interferencia. Por ejemplo, puedo necesitar un auto para ir a trabajar y tener todo el derecho a adquirirlo por medios legítimos. Pero no tengo derecho a un auto aunque esté claro que necesito uno.  Los socialistas pueden reclamar que tengo derecho a tener un auto porque lo necesito para ganarme la vida. Esa visión viola necesariamente los derechos de aquellos que tendrán que ser obligados, digamos con impuestos, a pagarme el carro.

Los libertarios también consideran que los derechos pertenecen solamente a las personas. Porque los llamados derechos grupales son necesariamente la negación de los individuales. Los derechos grupales crean condiciones donde algunas personas (el grupo) pueden forzar a otras a obedecer sus demandas. Es un oxímoron hablar de derechos colectivos.

Razonando así, los derechos son solamente la libertad de una persona de actuar en base a sus criterios mientras no viole derechos de alguien más. Los derechos son llamados a la libertad de acción, no a resultados deseados.

(El último libro del Dr. Azel es “Reflexiones sobre la libertad”).


TOMADO DE CUBANET


La revolución bolchevique: un siglo de fracasos

El experimento comunista se saldó con millones de muertos, prisioneros, torturados y exiliados

Domingo, octubre 15, 2017 |  Carlos Alberto Montaner  
















Lenin, pintura de Serov (tomado de Internet)


MIAMI, Estados Unidos.- Hace 100 años triunfó la revolución bolchevique en Rusia. Para quien quiera entender qué sucedió y cómo, todo lo que debe hacer es leer Lenin y el totalitarismo (Debate, 2017), un breve ensayo histórico, lleno de información y juicio crítico lúcido, publicado por el profesor chileno Mauricio Rojas, ex militante marxista, quien descubriera en Suecia el error intelectual en el que había incurrido.

La revolución rusa fue uno de los momentos estelares del siglo XX. Muchos intelectuales y grandes masas de trabajadores se llenaron de ilusiones. Se hizo invocando las ideas de Karl Marx, en lo que parecía ser la primera vez en la historia que la racionalidad y la ciencia orientarían las labores del gobierno.

Supuestamente, el pensador alemán había descubierto las leyes que explican el curso de la sociedad por medio del materialismo dialéctico e histórico. Se había percatado de la funesta división en clases que se adversaban para hacer avanzar la historia por medio de encontronazos. Denunció, indignado, la forma de explotación empleada por los dueños de los medios de producción a los proletarios, a quienes les extraían cruelmente la plusvalía. Al mismo tiempo, señaló la inevitabilidad del triunfo de los trabajadores en lo que sería el final de una etapa histórica nefasta y el comienzo de la era gloriosa del socialismo en el trayecto hacia el comunismo definitivo.

Era la época de las certezas científicas. Darwin había explicado el origen evolutivo de las especies. Mucho antes, Isaac Newton había contado como se movían los planetas y formulado la Ley de Gravitación Universal. Dios había dejado de ser necesario para entender la existencia de la vida. Todavía no habían comparecido la física cuántica ni el Principio de Indeterminación de Werner Heisenberg. Cada hecho tenía su causa y su antecedente. Marx, simplemente, había extendido esa atmósfera al campo de las Ciencias Sociales.

Con el objeto de consumar el grandioso proyecto de transformar la realidad, Lenin asumió con dureza la necesidad de establecer una dictadura para el proletariado, dirigida por la cúpula del partido comunista, como fase inicial del camino hacia una sociedad sin clases, feliz y solidaria, como prometía Marx al final del proceso revolucionario. Una sociedad, en la que no serían necesarios ni los jueces ni las leyes, porque las conductas delictivas eran producto del sistema de las relaciones de propiedad capitalista de la malvada era prerevolucionaria.

Sin embago, el experimento comunista se saldó con millones de muertos, prisioneros, torturados y exiliados, en medio de un indiscutible atraso material relativo evidenciado en casos como las dos Alemania y las dos Corea. Sencillamente, los sueños se frustraron en un sinfín de fracasos y violencias, mientras las ilusiones se transformaron en un cinismo petrificado por el doble lenguaje que obligaba a esconder todos los horrores y errores en nombre de la sacrosanta revolución.

La planificación centralizada por el Estado resultó ser infinitamente menos productiva que el crecimiento espontáneo generado por el mercado y los precios libres, como había advertido que ocurriría Ludwig von Mises en sus ensayos publicados, precisamente, en los primeros años de la revolución bolchevique, acaso con el objetivo de señalarle a Lenin cuál sería el obstáculo insalvable de su vistosa (y sangrienta) revolución.

Finalmente, a principios de los años noventa del siglo XX, el experimento comunista implosionó, se deshizo la Unión Soviética, los satélites europeos rectificaron el rumbo, retomaron el curso democrático, privatizaron las empresas del Estado, optaron por el mercado y se encaminaron, cada uno a su ritmo, por la senda trazada por la Unión Europea.

En todos los casos la puerta electoral quedó abierta para el regreso de los comunistas al poder por la vía democrática, pero, hasta ahora, ningún país ha incurrido en ese loco retroceso, aunque hay en ellos un pequeño porcentaje de comunistas irredentos, casi todos ancianos, que sienten cierta nostalgia por un pasado en el que ellos fueron relevantes a costa de los sufrimientos indecibles de la mayoría.

¿Por qué todo salió tan mal? Seguramente, porque el punto de partida era erróneo: los seres humanos estaban dotados de una cierta naturaleza que no encajaba con el pobre esquema marxista. Eso explica que las revoluciones comunistas hayan fracasado en todas las latitudes (norte, sur, trópico) en todas las culturas (germánicas, latinas, asiáticas) y bajo todo tipo de líderes (Lenin, Mao, Castro). Es una regla que no admite excepciones. Siempre sale mal. Hace 100 años comenzó esa tragedia.