TOMADO DEIARIO DE CUBA

El retorno triunfal del bohío

Boris González Arenas | La Habana | 25 de Octubre de 2017 -
















 

Construcción de un bohío en Mayarí. (JUVENTUD REBELDE)


En los últimos años se nota en Cuba una progresiva asimilación de la vivienda al bohío. Es un ejercicio lento para el que el Estado cubano cuenta con ayuda de la prensa oficial. El paso de ciclones moderados como Matthews, en octubre de 2016, o de gran intensidad como Irma, el pasado mes de septiembre, son momentos propicios para conseguir que nos habituemos a la vivienda de paredes de tablas y techo de guano, luego de que por décadas fuera un signo del atraso que heredó la revolución y que estaba destinado a desaparecer por su obra regeneradora.

Eufemismos para la precariedad

El 19 de octubre de 2016 el diario Juventud Rebelde publicó una noticia con el título "De vuelta a los hogares en Maisí". Aquel texto notificaba el retorno a sus casas de personas que habían sido albergadas durante el paso del huracán Matthews por la región oriental de nuestro país. Ilustraba la noticia una foto en que se podía ver a un grupo de hombres que clavaban tablas viejas a modo de pared y, sobre ellos, un techo metálico oxidado exponía lo que sería la cubierta de aquello que el titular noticioso definía como vivienda.

El paso del huracán Irma ha renovado esta tendencia. El pasado domingo 23 de septiembre de 2017 el diario Granma describía, en "De palmas, solidaridad y gente agradecida", la construcción en la comunidad camagüeyana de Esmeralda de una serie de bohíos a los que el periodista Miguel Febles Hernández se cuidó de llamar como tales denominándolos "viviendas rústicas", además de considerar "módulos" al conjunto de tablas necesarias para su construcción.

Pero si las dos noticias citadas tienen carácter de notificación, es en el artículo "La luz diferente y el mañana" que a la precariedad se le pretende dar una dimensión trascendente. Se habla allí de colores que volverán, de "la humedad pegajosa del desastre" y se augura una restauración incomprensible "para aquel que ignore nuestras entrañas alegres hechas para la utopía y para la cotidianidad extraordinaria".

El artículo de la periodista Yeilén Delgado Calvo cubrió un tercio de la primera plana de la edición de Juventud Rebelde del viernes 22 de septiembre de 2017. Los otros dos tercios los ocupaba la imagen de una vivienda de madera y techo de zinc a cuyo costado ondea una bandera cubana y se mueve descalzo y ensimismado un niño.

Retórica para encubrir el fracaso

Si en el pasado el castrismo sostuvo un discurso social impetuoso que asociaba fenómenos como la unidad de los revolucionarios, la solidaridad y el valor, a resultados equivalente en beneficios para todos, los artículos antes citados desajustan la balanza, acomodando la retórica de marras a la consecución de un puñado de viviendas miserables. Quizás no esté lejos el día en que veamos en la primera plana de alguno de nuestros escasos periódicos un titular que anuncie triunfal: "Inaugura la Revolución 100.000 bohíos".

El problema de la vivienda tuvo un valor simbólico para el castrismo. En La Historia me absolverá Fidel Castro lo denunció como uno de los grandes males de la nación y aseguraba que "Un gobierno revolucionario resolvería el problema de la vivienda… demoliendo las infernales cuarterías para levantar en su lugar edificios modernos de muchas plantas y financiando la construcción de viviendas en toda la Isla en escala nunca vista".

En 1959 se crearon dos instituciones encaminadas a cumplir tal compromiso. El Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV) y el Departamento de Viviendas Campesinas, y se concluyeron cerca de 90.000 viviendas entre 1959 y 1963, año en que su número comenzó a declinar.

A la propaganda correspondería encubrir el fracaso bajo la lógica de que si las cuarterías, que eran un conjunto de viviendas pequeñas contenidas en una sola construcción, no conseguían asumir su rol de cimientos, no merecían siquiera ser vistas.

El documental No tenemos derecho a esperar, realizado en 1972 por Rogelio París con guion de Julio García Espinosa, ilustra el alcance de la propaganda en este proceso. Realizado en uno de esos repuntes constructivos que conocería esas décadas, en un fragmento se afirma: "Ya en los primeros años de la revolución se había superado ampliamente la herencia que dejaban 56 años de seudorrepública. En 1958… en una población de algo más de seis millones de habitantes más de la mitad vivían en bohíos, solares, barrios de indigentes. La distribución de espacio por habitantes era de menos de dos metros cuadrados por persona en barrios populares y más de 100 metros cuadrados por persona en barrios de lujo".

La situación de 1958, se desprende de este fragmento, no solo era deplorable sino sumamente fácil de superar puesto que ello se había logrado en los primeros años de revolución de manera "amplia".

Castrismo, propaganda y mentira

Propaganda y mentira han sido compañeros inseparables del castrismo. El viernes 2 de septiembre de 2005 un titular del diario Granma aseguraba en su portada: "No menos de 100.000 viviendas por año a partir de 2006". El texto, escrito por la periodista María Julia Mayoral, se refería a un informe presentado por Carlos Lage Dávila que afirmaba que comenzaría en "el país el mayor programa de vivienda de su historia".

Las estadísticas oficiales aseguran que en 2006 se cumplió la meta propuesta. Lo que parece una manipulación estadística en favor de la promesa hecha por el Estado cubano si se observan los pobres números de los años 2005 y 2007. Haya sido o no una manipulación, las cifras anuales de viviendas terminadas han decrecido desde entonces hasta mostrar en 2015 el tercer peor resultado de los últimos veinticinco años con 23.003 viviendas terminadas.

La invisibilidad de los bohíos y cuarterías, no obstante, tuvo éxito. En la mente de muchos, la revolución y el castrismo aparecían asociados a un lugar donde vivir. En estas décadas, sin embargo, al bohío y la cuartería se sumaron los albergues, residencias temporales para quienes esperaban la asignación de una vivienda y que devinieron hogares permanentes sin las condiciones más elementales.

Se sumó también la ocupación familiar de viejas naves industriales, almacenes y mataderos abandonados por la desidia estatal. Lo que antes se consideraba una casa ha sido por estos años cercenada, tanto perpendicular como horizontalmente, para generar nuevos espacios para vivir. Se cierran balcones, portales, se ocupa el espacio de los parqueos, sótanos, baños, azoteas, para crear lugares donde caer dormidos, muchos de ellos sin condiciones para otra cosa.

De modo semejante describe la pervivencia del bohío y la proliferación de "reconversiones" el arquitecto Mario Coyula en su artículo "El derecho a la vivienda: una meta elusiva", publicado en el número 58 de la revista Temas, en 2009. Allí puede leerse: "El último censo, realizado en 2002, publicó tras una larga demora algunos datos, entre ellos que la ciudad de La Habana tenía poco más de 670.000 viviendas. Esa cifra incluye una cantidad no precisada de reconversiones, desgloses y añadidos que a duras penas cumplen las condiciones mínimas de habitabilidad. El censo también recogía el hecho de que, sin contar a la capital, existían en el país 138.035 casas con paredes de madera, pero más perturbador resulta que 35.944 tenían paredes de yagua o tabla de palma; 61.146 piso de tierra y 76.716 cubierta de hojas de palma. En otras palabras, se trataba de bohíos, no muy diferentes a los de los aborígenes que encontraron los conquistadores a principios del siglo XVI".

Frente a muchas de esas "reconversiones", el antiguo bohío y la antigua cuartería son mejores. Quizás sea esa una de las razones por la que los periodistas oficiales los muestran sin ningún pudor, porque en los días que corren es tanta la miseria que un bohío al pie de una montaña o a la orilla del mar, resultan imágenes bucólicas y reconfortantes. Es muy importante, sin embargo, que sepan que cuando la sociedad cubana se planteó muchas décadas atrás la eliminación del bohío o la cuartería, estos eran la expresión de la miseria y el abandono. No el fruto de la solidaridad, la recuperación épica, el éxito de la nación, ni las tonterías metafísicas, por llamarles de algún modo, con que pretenden sublimar hoy la proliferación de la indigencia nuestros periodistas oficiales.


TOMADO DE CUBANET

Votos inútiles, obligatorios y voluntarios

Acudir a las urnas no es sólo un derecho: es un deber cívico que sólo pudiera declinarse por razones de fuerza mayo

rDomingo, noviembre 26, 2017 |  Carlos Alberto Montaner  |
















Escrutinio en mesa de votación cubana (cubadebate.cu)


MIAMI, Estados Unidos.- Hay países latinoamericanos en los que votar es inútil. Venezuela es el caso más escandaloso. Cuando la oposición consigue que no le hagan demasiadas trampas, el chavismo priva a los vencedores de las prerrogativas que marca la ley y sin el menor recato les anulan las mayorías logradas en las urnas. Ahí las elecciones son una farsa.

En Cuba, que es la madre y maestra del chavismo, el mecanismo electoral es aún más diáfano. La oposición ni siquiera puede participar. En la Isla, candidato proviene de candado. El sistema está lleno de candados para que sólo pasen los comunistas. En los comicios actuales, ni siquiera uno de los opositores ha podido franquear las talanqueras impuestas por la contrainteligencia, pese a que más de un centenar lo intentó. Raúl tampoco ha permitido el referéndum que, conforme a la ley, piden los partidarios de “Cuba Decide”. Los Castro ya decidieron por todos los cubanos desde hace 60 años.

En Bolivia el pueblo votó para que Evo no se reeligiera y el presidente aymara se pasó los resultados por el forro de la Constitución. Lo mismo que sucedió en Colombia cuando los ciudadanos decidieron cerrarles el camino de la impunidad a los narcoguerrilleros comunistas de las FARC en un referéndum notable. Juan Manuel Santos continuó sonriente e imperturbable por el camino de los acuerdos de paz, como si con él no fuera, y como si la ley no lo obligara a obedecer a sus compatriotas.

En Nicaragua, Daniel Ortega, con el apoyo de una buena parte de la clase empresarial y –todo hay que decirlo- con el respaldo de los grandes sectores de su clientela política fue apoderándose ilegalmente de los mecanismos electorales, hasta establecer un curioso somocismo de izquierda en el que habla como Lenin, pero gobierna como D. Anastasio, Tacho para sus amigos, muy alejado del modelo colectivista de los años ochenta, cuando hervía al calor de la revolución cubana y destruyó insensiblemente el aparato productivo de los nicas.

Hay países latinoamericanos democráticos en los que votar es voluntario. Así ocurre, por ejemplo, en Chile, Costa Rica, República Dominicana, Honduras, México y Paraguay. En otros, es obligatorio: Argentina, Brasil, Panamá, Perú y Uruguay. ¿Qué es mejor? ¿En cuáles se refleja con mayor claridad la voluntad popular?

Sospecho que es preferible que el voto sea obligatorio. Es cierto que no votar es una expresión de la libertad personal, pero siempre se puede votar en blanco o anular la boleta. Además, acudir a las urnas no es sólo un derecho: es un deber cívico que sólo pudiera declinarse por razones de fuerza mayor.

Existe, además, una razón práctica para hacer el voto obligatorio y tiene que ver con las vísceras.

Me explico, aunque me adelanto a decir que los siguientes factores son todos comprensibles, pese a que alguno sea ilegal.

Los clientes políticos votan con el estómago. Reciben algo a cambio del sufragio. A veces son tan pobres, o están tan cínicamente desencantados, que venden sus votos por un poco de dinero. Esto sucede claramente en la costa colombiana, en Centroamérica y en República Dominicana.

Los partidarios votan con el corazón. Son hinchas. Son fanáticos. A veces, incluso, son partidarios por tradición familiar. No suelen detenerse a pensar en las consecuencias de la selección. Aman a su candidato o a su partido y los apoyan contra viento y marea. El amor es así. El corazón tiene sus propias razones.

Los adversarios eligen con el hígado. No votan a favor, sino en contra. Les irritan ciertos candidatos y acuden a tratar de impedir que lleguen al poder.  La rabia gobierna sus decisiones políticas. Con frecuencia, el hígado es movilizado por cuestiones ideológicas. Votan contra la derecha. Votan contra la izquierda.

En cambio, entre quienes no votan hay más probabilidades de que utilicen sus cerebros, dado que el resto de las vísceras no entran en la ecuación. A veces, claro, se inhiben de votar por pura indolencia o por ignorancia y luego lo lamentan. Les ocurrió a los británicos que no participaron en la selección del Brexit. Presumiblemente, es lo que les sucedió al 37% de los venezolanos que no acudieron a las elecciones de 1998. La abstención le dio la victoria a Hugo Chávez y ahí comenzó el descalabro. Si el voto hubiera sido obligatorio tal vez otro gallo cantaría