TOMADO DEL NUEVO HERALD


















Veteranos cubanoamericanos de la guerra de Vietnam siguen denunciando abusos

por Manuel C. Díaz

Especial/el Nuevo Herald

12 de octubre de 2017 7:09 PM


El 17 de mayo de 1962 Andrés García llegó a Estados Unidos a través de la Operación Pedro Pan, un programa coordinado por la Iglesia Católica durante el cual más de 14,000 niños y jóvenes cubanos pudieron escapar de la isla. Andrés solo tenía 16 años y había salido de Cuba con una pequeña maleta que contenía tres mudas de ropa y un puñado de sueños. Fue enviado a vivir con sus tíos a Nueva York hasta que llegasen sus padres. La década de los 1960 recién comenzaba, John F. Kennedy era presidente y la Guerra de Vietnam, que llegó a ser la contienda bélica más larga, sangrienta y costosa en la historia de Estados Unidos, era apenas una remota posibilidad.

Sin embargo, pronto todo comenzaría a cambiar. El incidente del golfo de Tonkín, en 1964, obligó al presidente Lyndon B. Johnson a solicitar del Congreso una ampliación de las misiones militares. Un año después se autorizó la operación Rolling Thunder, los cazabombarderos norteamericanos atacaron instalaciones norvietnamitas y la guerra se intensificó. En enero y febrero de 1967 se lanzaron las operaciones Cedar Falls y Junction City, dos de las más grandes campañas terrestres de Estados Unidos en aquella contienda. Al año siguiente, García fue reclutado y enviado al campo de entrenamiento Fort Lewis en Washington. Unos meses después ya estaba combatiendo en Vietnam con la 82 División de Paracaidistas.

“Cuando llegamos nos trasladaron a la base de Phubai, que era la jefatura de la 82 División”, cuenta García. “Desde allí nuestro pelotón salía en misiones hacia el área del Valle de Ashau. Por esa fecha ya la Ofensiva del Tet había fracasado y el Regimiento 22 del Ejército de Vietnam del Norte había tenido que refugiarse en las montañas”.

García no fue el único cubanoamericano que combatió en Vietnam. Otros muchos lo hicieron, como Herminio Lorenzo, quien llegó con 15 años de edad a Estados Unidos en diciembre de 1961, también a través de la Operación Pedro Pan. Algunos años más tarde, recién graduado de High School, fue reclutado y enviado a Fort Jackson en Carolina del Sur, desde donde fue trasladado a Fort Benning, en Georgia. Llegó a Vietnam en 1968 y combatió con la Tercera Brigada de la 82 División de Paracaidistas hasta que fue herido.

 “Estábamos de patrulla cerca de la frontera con Laos cuando comenzó el combate. Eran las ocho de la mañana y nos habían ordenado movernos hacia la izquierda cuando de repente, mientras avanzábamos por un trillo, tropezamos con una avanzada del ejército de Vietnam del Norte y me vi frente a frente con uno de sus combatientes”, recuerda Lorenzo. “Ambos disparamos al mismo tiempo: él cayó hacia atrás y yo me arrastré herido hasta una de las trincheras de los vietnamitas que había sido abandonada, desde donde lancé una granada hacia los que todavía seguían avanzando. La bala me había entrado por el hombro izquierdo y había salido por la espalda”.

Al terminar la guerra, todos los jóvenes cubanoamericanos que combatieron en Vietnam rehicieron sus vidas: se casaron, formaron sus propias familias y se incorporaron a la sociedad como ciudadanos norteamericanos. García, por ejemplo, trabajó en la banca privada durante más de 30 años y Lorenzo se retiró siendo director del Departamento de Bomberos y Rescate de Miami-Dade.

Otros, sin embargo, no tuvieron la misma suerte: cayeron en combate. Sus nombres están inscritos en la llamada Pared Conmemorativa del Monumento a los Veteranos de Vietnam, en Washington, junto al de los más de 58,000 norteamericanos muertos y desaparecidos durante la guerra. No son muchos; apenas veinte. Pero no por eso dejan de brillar con la misma intensidad en el granito negro sobre el que están grabados sus nombres: Diego Amador, el primero en orden alfabético y Wilfredo P. Zamora, el último en la lista. Y entre ambos, el resto de los nombres: Eduardo E. Casañas, César E. Carballo, Louis A. Carricarte, Pedro Casals, Adolfo M. Estrada, Carlos A. Farto, Enrique G. Fernández, Evelio A. Gómez, Darío D. Guerra, Noel B. Hernández, Manuel E. Mesa Jr., Irenaldo Padrón, Celso Pérez, Elpidio J. Ravelo, Fernando A. Rivera Jr., Luis J. Simancas y Félix Sosa Camejo.
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Andrés García estuvo destacado en Vietnam con la 82 División de Paracaidistas.

Cortesía

Pero los que sobrevivieron también siguieron siendo, con mucho orgullo, veteranos de guerra. Así, muchos de ellos se inscribieron en la American Legion y en la Veterans of Foreign Wars, hasta que, junto a otros de sus compañeros, decidieron fundar la Cuban American Veterans Association (CAVA, por sus siglas en inglés), desde la cual poder, según se establece en uno de sus varios estatutos, “reclamar la libertad de todos los presos políticos dentro de la isla y la de los que cumplen prisión fuera de Cuba por actos que fueron cometidos luchando por la libertad de su patria’.

 
En entrevista con el Nuevo Herald, Francisco Penelas, actual presidente de esa organización, explica cuáles eran sus propósitos.

“La idea era agrupar veteranos cubanoamericanos que estuviesen interesados en los destinos de Cuba”, dice Penelas.

Una de las primeras actividades del grupo fue su participación en las audiencias celebradas por el Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes de Estados Unidos sobre el llamado The Cuban Program, un diabólico experimento psicológico que buscaba la total sumisión de los prisioneros de guerra a sus captores y en el cual 20 soldados norteamericanos fueron torturados por agentes cubanos en un campamento conocido como The Zoo, ubicado en un suburbio residencial en las afueras de Hanoi.

García, que es uno de los miembros fundadores de la organización, fue el encargado de testificar en las audiencias.

“Presentamos fotos del comandante de brigada cubano Fernando Vecino Alegret, que ya había sido identificado por el coronel Ed Hubbard como uno de los tres agentes castristas que torturaron salvajemente a prisioneros de guerra norteamericanos”, cuenta. “También presentamos por escrito el testimonio de Leonardo Viota, veterano de Vietnam y miembro de CAVA, en el que atestiguaba que estando estacionado en la base de Long Binh como parte del Batallón Q.M. 64, fue enviado a inspeccionar el suministro de petróleo en una base en la frontera entre Vietnam y Cambodia donde el comandante le sugirió que no revelara que había nacido en Cuba porque a solo dos millas de allí estaba operando una brigada del Ejército de Vietnam del Norte y los oficiales que hacían los interrogatorios a los soldados capturados eran cubanos y estaban usando la tortura como parte de sus técnicas de interrogación”.

TOMADO DE CUBANET

Que no se olvide: comer en Cuba es una hazaña

Hoy, cuando se celebra el Día Mundial de la Alimentación, es preciso recordar las penurias de la mayoría en la Isla

Lunes, octubre 16, 2017 |  Roberto Jesús Quiñones Haces  














 

Supermercado en divisas desabastecido (cartasdesdecuba.com)


GUANTÁNAMO, Cuba. - Este 16 de octubre es el Día Mundial de la Alimentación. Cuando la administración del presidente John F. Kennedy impuso el embargo comercial y financiero al gobierno cubano, este adoptó la medida de la venta controlada de alimentos, ropa y calzado a la población mediante las libretas de productos alimenticios e industriales.

La última hace rato que dejó de existir porque el gobierno, desde el llamado Período Especial en Tiempos de Paz, comenzó a vender esos artículos en las tiendas recaudadoras de divisas y en las del mercado paralelo controladas por el Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), a precios muy superiores a los que existían antes de 1990.

Al desaparecer el mal llamado campo socialista, las consecuencias del embargo —antes silenciado y hasta objeto de burlas por el discurso oficialista—, comenzaron a hacerse sentir con más fuerza en la familia cubana. Fue entonces cuando el castrismo comenzó a reclamar contra el cese del embargo en la ONU.

La canasta básica que hoy se ofrece a la población en nada se asemeja a la que conocimos entre 1962 y 1989. Antes era considerada una presunta garantía de equidad, hoy es un problema para el gobierno cubano y se ha reducido a:

5 libras de arroz por persona, a 0.25 centavos la libra
2 libras de arroz adicional por persona, a 0.90 centavos la libra
2 libras de arroz como suplemento a las personas mayores de 60 años, a 0.90 centavos la libra.
3 libras de azúcar parda, a 0.10 centavos la libra
1 libra de azúcar blanca, a 0.15 centavos
10 onzas de frijol negro por persona, a 0.80 centavos
1/2 libra de aceite por persona, a 0.20 centavos
1 paquete de sal cada tres meses cada dos personas, a 0.35 centavos el paquete.
1 paquete de 4 onzas café mezclado con chícharos por persona mayor de siete años, a $4.00 CUP (pesos) el paquete.
6 bolsitas de leche en polvo a cada niño hasta que cumple siete años, a $2.50 CUP cada una.
3 bolsitas de yogurt con soya a la semana, a cada niño de 7 a 13 años, a un precio de $1.00 CUP, cada una.
7 compotas a cada niño hasta que cumpla los tres años, a un precio de $0.25 CUP cada una.
1 paquete de fideo —una oferta que no es mensual— por persona, a 0.25 centavos el paquete.

Un núcleo de tres personas, con un niño menor de siete años, tendría que gastar aproximadamente unos $36.20 CUP (alrededor de 1.50 en pesos convertibles) en la adquisición de esos alimentos controlados cuyos precios el gobierno subsidia en algunos casos. Pero la alimentación que garantiza la canasta básica, haciendo una sola comida diaria, sólo alcanza para unos doce días. El resto del mes las familias se ven obligadas a adquirir arroz, aceite y productos cárnicos a precios muy superiores en el mercado paralelo o con los particulares.

Una libra de arroz en ese mercado cuesta $4.00 CUP, un litro de aceite entre 52 y 60 CUP, la libra de carne de cerdo en Guantánamo cuesta entre 20.00 y 24.00 CUP y la de pollo $20.00 CUP. La proteína animal que el gobierno oferta a la población por la libreta se ha reducido a escasas onzas de picadillo con soya, un producto de pésima calidad; una porción de carne de pollo una vez al mes —que sólo alcanza para una comida— y cinco huevos mensuales por persona, a un precio de $0.05 centavos.

Después del huracán Irma los huevos que antes se vendían libremente a un precio de $1.10 CUP cada unidad, ahora serán vendidos al mismo precio pero a razón de cinco unidades mensuales por  persona.  Suponiendo que sólo un miembro de esa familia trabaje, un cálculo conservador indica que comprando 15 libras de arroz, 2 litros de aceite, 5 libras de pollo y 5 de carne de cerdo en ese mercado paralelo, gastará aproximadamente unos 380.00 CUP, alrededor del 60.33 % del salario promedio en Guantánamo, que es de $633.00 CUP (25.32 pesos convertibles). Si a ello sumamos el gasto cotidiano del pan ($0.05 centavos) y el de la canasta básica, serían unos 420.70 CUP, que representan el 66.49% del salario promedio, sin contemplar el gasto en vegetales.

La calidad de lo que comemos hoy los cubanos es otro aspecto criticable debido a que nuestra dieta cárnica se reduce a lo expuesto, pues la carne de res continúa desaparecida del mercado común y los productos del mar — y hasta los pescados de ríos y presas—, son difíciles de adquirir, y siempre se ofertan a precios altos. Una libra de pescado de mar cuesta $23.00 CUP, la de camarón limpio está a $90.00 CUP y ambos productos sólo se encuentran en el mercado negro. Siendo Cuba una isla poquísimos cubanos comen pescado de mar o camarones, si acaso una vez al año, ni hablar de la langosta. La carne de conejo y la de carnero también son difíciles de hallar.















 

Libreta de abastecimiento (Foto: AFP)


Sería interesante determinar cuántas calorías diarias representan los alimentos que el gobierno oferta  mediante la canasta básica y si estas alcanzan la norma  mínima establecida por la  Organización Mundial para la Alimentación (FAO).

Si alguien quisiera conocer la  incidencia que ha tenido el déficit alimentario en Cuba desde 1990 hasta hoy, sólo tendría que comparar la talla de las personas nacidas una o dos décadas antes de 1990 con las que nacieron después de ese año. Salvo excepciones muy contadas, la estatura de los primeros es superior. En el argot popular a esos jóvenes que apenas rebasan 1.50 metros de estatura y tienen una constitución física endeble se les conoce como los hijos del período especial. Porque ser alto y fornido en la Cuba de hoy puede ser resultado de una herencia genética, pero también una prueba de pertenecer a una familia que no sufre las mismas penurias alimentarias que la mayoría de los cubanos